domingo, 11 de noviembre de 2012

ZAPATOS, RUTAS Y RESACAS: CANCIONES DE LA GRAN DERIVA

 He leído con un interés creciente el poemario «Canciones de la gran deriva» de Vicente Muñoz, historias hiladas en sentimientos que nacen llanos y se entremezclan hasta conseguir emociones almizcladas, impresiones en la parte más gelatinosa de la memoria, a donde llegan como si, en ocasiones, fueran nuestras propias experiencias las que allí se narraran de forma tan poética, en jornadas interminablemente lentas, en rutas y caminos donde se vence a la realidad a través del sueño inquietante y el empeño, como si viviéramos un road-movie salpicado de sucia realidad y de tedio y de melancolía y de lucha, que se expande hasta el infinito incierto de esperanza en algo que aun no es dúctil pero que, sin embargo, ya se puede palpar. O al menos intuir su tacto.

La voz del poeta leonés traza vértigos a través de las páginas, como si cruzáramos a ciegas el Universo haciendo equilibrio en un alambre en llamas, bajo un fondo dudoso y precario donde se fabrica en el día a día la realidad. La crisis que crece en gráficos imposibles de mantener en una gráfica. Callejones, hogares y tormentas. Rutas de kilómetros, días sin huella, la soledad de los hoteles, tiendas de zapatos y un muestrario itinerante en la penumbra del maletero. El amor deshilvanado, el cansancio de los días, la deriva de los bares, la inercia que nos lleva a sujetarnos en el impulso de caída, los proyectos que golpean el ardor de la mente para mantener la mano firme para trazar la siguiente sílaba, que se hará palabra, que alumbrará la frase hasta llegar al verso. Literatura pura contenida en cada verso. En cada uno de los versos que nos llegan latiendo a nuestra mente, como imágenes escritas para proyectarse en nosotros como una reflexión abierta que nos guía al silencio, para saborear otra vez en el recuerdo los significados, los mensajes, la certeza de cada uno de sus disparos hechos grafía.



Vicente Muñoz sorprende. Y más sorprende saber que este libro es una re-edición tras trece años, en el que se incluyen algunos poemas inéditos, que enriquecen aún más la obra. Un poemario altamente recomendable, como lo son también sus otras obras publicadas, tanto poemas, como relatos, novela o ensayo, o su magnífico fanzine Vinalia Trippers, o el nunca suficientemente ponderado blog Hankover, imprescindible para cualquier amante del viejo Bukowski.


«Canciones de la gran deriva» es una ruta de sentimientos oblicuos a través de la realidad más descarnada, donde la lucha incesante siempre permite que no flaqueen las fuerzas para la siguiente batalla. O un barco que navega más allá de lo que el mar abarca, pero nunca a la deriva, sino hacia un puerto donde esperan los que aun guardan esperanzas.

Magnífica también la portada de Julia D. Velázquez y acertado prólogo de David González.

(Editorial Origami). 


Foto: "Zapatos". José G. Cordonié / 1986

domingo, 4 de noviembre de 2012

OSCURO CAMINO A LA LOCURA



Joe Louis en un psiquiátrico de Denver,
el Hombre dejando huellas en el polvo de la Luna,
sangre en la nariz en la escuela en la primera pelea ganada,
la teoría de la Relatividad en un tren que circula,
recuerdos de cuando éramos más sabios,
de cuando lo que no sabíamos lo ignorábamos.


Johnny Weissmüller en un psiquiátrico de Acapulco,
cómics de superhéroes en la tarde del domingo,
el efecto Doppler en una estación de metro abandonada,
dolor en el costado tras caer por vez primera al vacío,
recuerdos perdidos de la infancia de los primeros años,
de cuando el mundo en mi mente aún podía ser plano.


Philip K. Dick en un psiquiátrico de Berkeley,
el olor infinito y universal de la letra impresa,
la manzana caída de Newton en una hoja arrugada,
recuerdos en llamas de las mentiras primeras,
los sueños rotos tras los primeros besos de un antihéroe,
de cuando el amor aún parecía ser algo más que hipérbole.


Y fumé la grifa y el hachís de los poetas malditos,
en días que llegaron tan oscuros como la palabra obscuro,
y olí la pólvora de la pistola de Mayakovski detonada,
y vi el delirium tremens de Poe en la sombra del plenilunio,
y sentí los versos inflamados de la Generación Beat,
y al final, guiándome al espanto y a la fría locura, tus ojos vi.



"Oscuro camino a la Locura". De mi Poemario "Los Cantos del Inframundo"

jueves, 27 de septiembre de 2012

UN VIAJE A TU INTERIOR (VI)


Barcos hundidos en las manos
de arrecifes de colérica impronta
donde el mar relaja su bravura, navego
en un viaje a Tu interior,
sal de piel de luna, sol empapado en negro
     de una noche tan oscura 
                     como el abismo que nos separa.

Llevo mi calavera envuelta en un trapo
empapado en gasolina que quemar,
los ojos torcidos, la palabra guardada 
en los bolsillos vacíos,
tu cabellera envuelta en papel de fumar
junto a un ripio
que nos servirá de epitafio.

Navego un mar de lodos de cuerpos muertos,
de hojas caídas en tu otoño,
en la lentitud de días sin viento en la popa
y sin canciones y sin ron
y sin estrellas y sin puertos.

Navego, con el olor a mar en las manos
que encallan en los recuerdos
estancados del ánima en su último aliento
hecho vaho en un beso glacial.

 Si observo la estela de la nave
es porque presiento que no habrá tierra firme
al final de este viaje, a tu interior o a la Nada.

De mi Poemario "Almagonía" / 12 Poemas Malditos y Un Viaje a Tu interior (parte VI)



sábado, 22 de septiembre de 2012

18 WHISKYS



Vago por las laderas del infortunio despistado en mi ruina, con la nuca derretida en soledades, con un pez espada muerto que atraviesa mis pulmones a cada paso que doy. 


Vivo en la teclas negras del piano del mundo, con manos sin dedos me arrastro por melodías de notas inarmónicas y disonantes, en lágrimas de alcohol que se evaporan antes de llegar a mi sed, sin mirar atrás en el rastro del camino las pisadas de sangre hundidas en tu nieve, porque aún sigo buscando algo en ti; busco la trufa negra escarbando con mi hocico en tu tierra hasta llegar a tus raíces, donde se ramifican y se bifurcan en ese lugar tan incierto como la línea que separa el Cielo y el Infierno.

Floto en lo más gelatinoso de la pulpa de una luna cálida y ácida, en los oleajes del whisky en los bares, en las luces que la ciudad enciende y expande en borroso en haces informes de irisaciones de luz imantada por el metal de la noche, buscando un epitafio que alumbre la sepultura de mis lamentos.

Decaigo en el óxido de la madrugada, cuando los ojos buscan cerrarse ante el alcohol que ruge en las venas camino del hospicio de la nostalgia.

He tomado 18 whiskys y creo que es un buen récord, dijo Dylan Thomas como última frase antes de morir.

Y, entonces, pienso que ya no hay más que decir.




[Extraído de mi poemario El Silencio del Hombre Rana]




Hombre Ojo 18 Whiskys [José G. Cordonié]

miércoles, 19 de septiembre de 2012

UN SIGLO Y MEDIO DE PATADAS EN LOS HUEVOS


Buen tiempo.
Esto es una absurda crueldad. O una broma macabra.

Me resulta curioso que en la tablilla del plan de vuelo del Enola Gay remarcaran en el centro de la pizarra, en letra bastante más grande que el resto de las palabras escritas, que el tiempo climatológico en el vuelo había sido bueno.

Al observar esa pizarra, como una radiografía unidimensional de la infamia y de la crueldad, la vista llega directamente hasta ese “Good”, como si fuera algo más importante de reseñar que la propia misión, el lanzamiento de la primera bomba atómica, o el lugar elegido para el impacto: Hiroshima.

Me cuesta, en ocasiones, entender a los hombres. Más aún a los belicosos. ¿Cómo es posible que ante una brutalidad tal como lanzar una bomba atómica contra una población, alguien tuviera la entereza, o incluso el humor, de ponerle un nombre a la bomba y, más aún, utilizando el sarcasmo y la ironía? ¿Acaso ponerle un nombre a la bomba, y sobre todo uno como Little Boy (o lo que es lo mismo, Chiquillo), no obedece a una ferocidad absoluta y macabra?

Imaginad por un momento a un asesino cargando las seis balas de su revólver y bautizando a los proyectiles, con los que tiene la seguridad de que va a matar, con nombres como Princesita, Chiquitita, Cuchi-cuchi, o qué sé yo. ¿No nos parecería, todavía, más enfermo? Porque matar es una brutal barbaridad, pero lo es mucho más haciéndolo con sorna y burla.

El Coronel Paul Tibbets era el piloto y responsable de la infame misión, quien decidió llamar al bombardero B-29 con el que lanzaría a Little Boy con el nombre de su amada madre: Enola Gay. Imagino al hijoputa abriendo la compuerta para liberar la bomba y gritando una especie de dedicatoria, algo así como: “¡Mamá, esto va por ti!”

Ahora, quiero imaginar a la orgullosa madre hablando por teléfono con sus amigas, o mejor alrededor de una mesa tomando con ellas el té. No, no, me quedo con la conversación telefónica: “¿Has visto lo de mi hijo, Helen? ¡Qué cariñoso y qué atento es! Me ha dedicado algo que no se olvidará nunca y que quedará para siempre en los libros de Historia: 120.000 muertos, casi medio millón de heridos y daños biológicos y anatómicos para cientos y cientos de años más. ¿No te mueres de envidia?”
Lástima que ese hombre, Tibbets, y el propio presidente Truman, que fue quien ordenó el lanzamiento, no hubieran vivido en tiempos de paz. Porque si es cierta aquella frase de Nietzsche que dice que “en tiempos de paz el hombre belicoso se abalanza contra sí mismo”, les hubiera tocado, probablemente, causarse daño a sí mismos.

Por si acaso pudiera valer, les dejo a ellos in memoriam 120.000 gritos, medio millón de alaridos, mil millones de maldiciones y un siglo y medio de patadas en los huevos. Eso sí, con buen tiempo.

viernes, 14 de septiembre de 2012

¿Y QUÉ? SON LOS POETAS MALDITOS



Alguien dijo una vez: «La vida es un trozo de lujuria mordida por locos incautos». Yo no sé si lujuria, salacidad o simplemente deseo, que no es más que aquello que ansiamos a pesar de no saber realmente qué nos puede llegar con su sabor. Al menos, si llegamos a reconocer qué parte de ese extraño elemento, al que denominamos Vida (sí, en mayúscula), es al que le hincamos el diente.

Pero yo no sé nada de esto, ni siquiera llego a comprender el verdadero significado que debe tener esa frase. Sólo llego a una breve reflexión, quizá sin sentido alguno, en la dirección desrumbada de que si debemos alimentarnos de ese pedazo de lujuria, o lo que sea para cada cual, debemos parecer muchos de nosotros desdentados, famélicos, apáticos y desmemoriados. Pero si acepto esa parte de la frase inicial, me veo obligado a admitir también la segunda. Me refiero a aquella que habla de locos incautos. Y dando una vuelta a la frase, y nunca como un juego de palabras, sino tratando de extraer alguna razón de su significado,  debo pensar en que tal vez sólo los locos incautos sean capaces de morder una vida que toman como un trozo de lujuria.

No busco más significados. No quiero ni puedo desvelar el significado que, seguramente, lleve oculto.

Prefiero directamente ir al autor de dicha frase, al eterno olvidado Pascal Laumbert, poeta y narrador frustrado, mendigo de imprentas y folletines donde trataba de conseguir alguna impresión de baratillo de sus esqueléticas y, sin embargo, grandiosas obras. Hambriento soñador de fantasías trazadas en papel, rebajadas o amplificadas por el hachís y la absenta que aumentaban las sensaciones de los anocheceres. Odiado por sus amigos, quizá porque supieran que su mente selecta les pudiera borrar de un plumazo sus grandes logros literarios, aun editados por imprentas de segunda; amado por advenedizos y aventureros que quisieron ver en él un evidente signo del triunfo del caos sobre una mente lúcida y certera. Entre sus amigos, aquellos que le odiaban, se encontraban «les assassins», la mayor miseria hecha grandeza en palabras, el símbolo exprimido hasta la sensación de emocionar. Ellos eran esa rareza insólita formada en el eco de un disparo en un grupo heterogéneo, el verso encontrado para expandirlo hasta hacerlo infinito, la tumba abierta e iluminada del sentido unívoco de la Poesía. Ellos eran, entre otros, los que fueron llamados los Poetas Malditos, a saber: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L'Isle-Adam. Y fue el propio Verlaine, el mismo que se decidió a escribir ese ensayo bajo ese nombre de Los Poetas Malditos con el que más tarde serían reconocidos, el que tuvo en sus manos los manuscritos de Laumbert y el que decidió rechazarlos por la razón única y simple de la envidia y el temor. Se dice que incluso lloró de emoción al leer aquellos poemas escritos por el puño y letra de Laumbert.

Pascal Laumbert fue y es un gran olvidado. Un Poeta Maldito y Genial, un verdadero «assassin» que decidió dispararse en la sien ante una vida que le mordía a él hasta desangrarlo. ¿Loco incauto?
Os dejo uno de sus poemas, para que al menos desde esta otra realidad, La Canalla pueda recordarle aunque sea sólo por un instante. Sólo un instante, el mismo tiempo que tardó la bala en llegar a su cabeza mientras miraba su último suspiro reflejado en un espejo.
Laumbert, in memoriam.

                 INVIERNO EN TI SE HACE ECO
Era el oscuro y triste invierno del olvido,
era el más oscuro rincón del frío invierno,
era el más triste olvido de la memoria,
era la sensación de saber amarte,
sólo si fuera lejos
del pensamiento,
      de la vista,
               de los sentidos.

Era la necesidad de tenerte cerca,
de ansiar tu aliento, de conocer tu eco,
de escuchar tu alma, inquieta, turbia,
desabrochando poco a poco tus silencios,
sola en la tranquilidad,
  en la calma quieta,        
en el crepúsculo
           de los últimos días.

Era el oscuro y triste infierno del olvido,
era el más oscuro rincón del frío infierno,
era el más triste día de tu memoria,
era la sensación de saberte ida ...

sábado, 1 de septiembre de 2012

CHARLES BUKOWSKI: LA RABIA ENCERRADA Y LA ETÍLICA UNDERGROUND


Quizá, tal como rueda el mundo en estos días, demasiadas cosas nos llenen de rabia. Pero aun así el mundo sigue girando, aunque lo haga sobre un eje herrumbroso que se ha ido pudriendo con el óxido de los días, con la furia y la desgana, con la temperancia ocre de la ruindad de algunos de nuestros semejantes, con la insolencia de un fingido bienestar de una sociedad aquejada por la esquizofrenia fuliginosa del capitalismo. Charles Bukowski ya nos habló de algo de esto en su poema Consideramos (o quizá debería decir reflexión): «Estas y otras cosas demuestran que la vida gira sobre un eje podrido». Al releer este poema del viejo Hank, me ha impactado lo terriblemente actual que es. Esto me ha llevado a pensar por un momento que el Viejo Indecente era un puto visionario o, bien, que las cosas siguen igual de mal desde hace ya mucho tiempo. Y que nada parece que vaya a hacerlas cambiar.

Sea como sea, Bukowski es atemporal. Esto es; que ha estado siempre ahí y continuará en aeternum. Sus libros, aunque muchos de ellos lleven decenas de años escritos, siguen siendo disparos certeros a la carnaza de la sociedad de hoy en día. La etílica underground que destila su literatura sigue siendo un alimento diario para llenar el buche de los sentimientos más puros, de las rebeldías y de las insurrecciones, sobretodo de aquellas que se encuentran en cada uno y que necesitan algún zarandeo periódico para que no caigan en letargo.
La revolución empieza por uno mismo, y las palabras de Bukowski son una arenga que nos mantiene despierto y que no nos permite olvidar lo que somos; que no es más que un incierto abismo entre donde estamos y donde desearíamos estar. Pero aun así, sea cual sea el lugar donde estemos, no escapamos de este mundo que gira sobre un chirriante eje podrido, que olvidamos de engrasar y que terminará por griparse.

… bares canallas en calles de penumbra, putas melancólicas de aliento a nostalgia, caballos de carreras tomando la última curva, faros de coches iluminando la noche, flexos que proyectan en la mesa la sombra obtusa de una botella de vino mediada, el olor del sexo extendido en el tacto de los dedos, peleas de borrachos en la tenebrosidad de un parking, ambiciones quemadas en la incertidumbre más incierta, camas de pensión barata abiertas a suspiros efímeros, sábanas de raso tendidas en noches de desperdicios, vómitos de angustia, sórdidas pisadas en la puerta de atrás del cielo, la lectura de John Fante en un sillón de cuero gastado, recuerdos enlatados y melancolías en conserva, aullidos desgarradores de la aletargada sociedad, el nacimiento del dólar en la palma de una mano, el misticismo de un cigarrillo colgando en los labios, Gustav Mahler ardiente e inflamado en una radio barata, reflexiones profundas ante seis latas de cerveza vacías, la rabia encerrada en un frasco de pastillas…

BUKOWSKI ES quizá parte de esto, y sobretodo EL GRAN POETA AMERICANO. La mano que desgarra la puta realidad hasta hacerla sangrar, ES.

jueves, 9 de agosto de 2012

Kubrik: La vida es una partida de azar jugada con dados trucados


Cuando Billy, el proyeccionista, atravesó con su furgoneta la plaza de El Laberinto Visceral, los chicos más jóvenes de La Canalla se acercaron para conocer qué película traía esta vez para ser desenvuelta en la penumbra de los inicios de la noche del sábado.

Una película en la noche es un sueño antes de irse a la cama y soñar. Y el haz de luz blanca del proyector, cuando recorre el camino de aire hasta impactar en la pantalla, es un cable trenzado con imaginaciones y fantasías que percuten en nuestros sentidos dejando muescas impresas en la conmoción de nuestros sentimientos. Agitan la imaginación. Nos transportan a través de partículas de ficción a un mundo que bien podría ser el nuestro; aunque no lo es. Mejor o peor. Quizá eso de igual. Es un elixir agitado con fuerza tras añadir en el matraz los elementos medidos que despertarán nuestras emociones. Buenas o malas. Tal vez, también, eso de igual.

La respuesta de Billy no se hizo esperar. «Atraco perfecto». Y desenrolló el cartel publicitario de la película ante la expectación resuelta en la suspensión de la respiración de la chiquillería, con la pausa armoniosa de dedos intranquilos, o ansiosos, como quien desenvuelve un precioso regalo. «¡Con toda su furia y violencia… como ninguna otra película desde “Scarface” y “Little Caesar!». El rostro impávido de Sterling Hayden nos mira desde el vientre plano del papel, mientras sujeta un rifle entre las manos. Parece un tipo duro que, sin embargo, no guarda en su cara ninguna de las señales del hijoputa.

El rumor vibrante del proyector comienza su rotación a eso de las nueve. Billy se acomoda tras la cinta y enciende su puro que le cuelga del labio inferior a medio fumar. Entonces, el silencio se desgrana entra las filas de sillas de tijera que se han dispuesto por la plaza ante la gran pantalla. El cinematógrafo empieza a dormirse. Comienza su sueño que nos deja compartir. Nos convierte en observadores de la ficción anclados en un mundo demasiado real.

Stanley Kubrik filmó esta película en 1956, con el blanco y negro de las luces y de las sombras. Billy dijo que se trataba de un atraco a un hipódromo. Lo que no nos contó es que presenta una historia fragmentada. Un punto de vista coral que no llega a completarse si no atendemos a la óptica de cada uno de los protagonistas. Si no escudriñamos por el visor que enfoca y desenfoca sus razones, sus argumentos, sus sentimientos sinuosos y malabares. Puntos de vista cruzados que se encuentran en una intersección maldita en un momento dado. No llegaremos a estar cerca de la realidad hasta que no conozcamos la narración de cada uno. Esta narración de geométrica espiral, sin un argumento lineal, ya fue ensayada en 1950 por Kurosava en Rashomon, y más tarde será repetida con efectivo éxito por Tarantino en Reservoir Dogs. Puzzles estructurales que se completan a través de flaskbacks interpuestos.

Kubrik, con solo 27 años, firmó así uno de sus grandes trabajos. Una de las mejores películas de género negro jamás realizadas.

La vida es una partida de azar jugada con dados trucados. No nos encontramos ante gánsteres o tipos retorcidos por la maldad. No existe la ambición por la simple ambición. Son sólo hombres abocados al fracaso por esa partida de dados que es la vida en sí. Si deciden atracar ese hipódromo, es porque cada uno de ellos tiene una razón poderosa escondida en los bolsillos de sus almas de chicle. Almas masticadas, encogidas y estiradas, que llegarán un día a ser escupidas tras haberles extraído todo el sabor. Hombres a los que la vida exprime con la ironía de las circunstancias. Con la misma ironía que desvelan en sus máscaras de payaso cuando asaltan la caja del hipódromo. Payasos con fusiles de asalto. Y en este camino serpenteante de fotogramas sucedidos en cambios de tiempo y espacio, lo previsible se hace imprevisible, o quizá sea al revés, y la meticulosidad de un golpe perfectamente trazado, termina por convertirse en un sueño perdido, como dos millones de euros haciendo espirales hacia el cielo desde una maleta abierta.
Cuando la cinta de 35 mm deja de girar en el rollo, el silencio aún es compacto, como la ceniza en la colilla del puro de Billy que aún mantiene suspendida entre sus labios, como lo son los sentimientos comprimidos en la mentes de La Canalla, que se recogen a sus casas cuando la noche avanza contra el día con la furia y la violencia de un payaso armado con un rifle. 

martes, 31 de julio de 2012

DAVID FOSTER WALLACE; EL REY PÁLIDO


La mayor ambición del Hombre es la evasión de la tristeza. Llegar a lo más próximo posible de esa idea añil y cóncava que es la felicidad. A perder la preocupación por vivir. Vivir sin más, como un acto reflejo de la vida. Del día a día. Vivir sin detenerse apenas en lo que vivimos, ni en como lo vivimos. Solo vivir. Tener la mente despejada de aflicciones. Poder soñar aun sabiendo que lo sueños no son más que eso, que nunca serán realidad. Lo contrario a esto es el dolor. La crueldad más cruda e hiriente de la mente que se autoaflige hasta la autoexterminación. Nadie lo busca; algunos lo encuentran. Aunque no  lo deseen, se encuentran cara a cara contra la desolación y ésta se pega al rostro y se cose al alma sin que exista posibilidad de separación. De evasión. Y ya no es posible huir. La mente se recrea con la autodestrucción. La intuye y la enerva.
Nosotros somos la mente, pero la mente se desdobla y decide extirpar una parte de sí para rebelarse contra la otra, que sabe más débil, y que esa debilidad es la refutación absoluta de su gran fortaleza. De su dominio.

Este pensamiento me llega cuando pienso en el último libro de David Foster Wallace.

Y Pensar en el ultimo libro de David Foster Wallace, es pensar de un modo u otro en esa batalla de la mente fragmentada y en la victoria de una sobre otra para conseguir la derrota más absoluta.


El rey pálido salió a la luz como un libro inconcluso, como la sombra de la muerte de uno de los mejores escritores, y más sorprendentes, de las últimas décadas. En uno de esos tipos que son capaces de alzarse entre los que, un día, se atrevieron a enriquecer con éxito la palabra en la literatura. Son muy pocos los que han llegado hasta ahí, y DFW es uno de ellos. Queda, entonces, entre mas de quinientas páginas una obra imposible, inacabada. Un enorme mosaico al que le faltan piezas. Y se extiende, inevitablemente, el foco de penumbra de una muerte que no debería haber ocurrido. No ahora. No así. Nunca de esta manera.

El reto de escribir una (otra) obra brillante, minuciosa y detallada, quizá fue el tacto último que le hizo anudar la soga de su desesperación. La tormenta desatada en un puñado de palabras para narrar, con suma maestría, una novela basada en el tedio, suspendida en la burocracia y en el aburrimiento de los datos fiscales y sus poco atractivos economistas. Y aunque aburrimiento es una palabra que se extiende como un bostezo, nada de esto hay en El rey pálido. Sino lo contrario. Volvemos a encontrar el intachable dominio del lenguaje, de las situaciones, de las construcciones perfectas, incluso cuando se trata de desarrollar un dialogo que, a primera vista, puede carecer del mínimo interés para el lector. La novela te atrapa. Te sumerge y te golpea contra su fondo. No te deja volver a salir a la superficie.

Aun así, no es la mejor novela de DFW, ni mucho menos. Aunque, quizá, lo podría haber sido si esta hubiese sido terminada y nos hubiese llegado con el "montaje" del escritor. Pero lo que si encontramos en ella, es de las mejores páginas escritas jamás por el autor. Páginas que nos devuelven y superan al mejor DWF de La Broma Infinita o de sus magníficos artículos y relatos.

Cuando conocí a DFW me pareció un joven introvertido, un poco raro y con un extraño sentido del humor. Tomó uno de los sándwiches del catering y se acercó hasta donde yo estaba para preguntarme si teníamos algo de soda. Soda y hielo. Yo no tenía ni idea de quien era aquel hombre y pensé que tal vez se tratase de algún actor de reparto o de alguien próximo a Lynch. Quizá un técnico, un ayudante de cámara o de script. Me pareció lo bastante joven como para pensar en el como en alguien más relevante. Entonces, a decir verdad, tampoco lo era. Simplemente un joven escritor, desconocido,  que estaba allí para escribir un artículo sobre el rodaje de Carretera secundaria. Nada más que eso.

Una vez que le acerqué un Sprite, lo más parecido a la soda que pude encontrar, me preguntó de que era el  sándwich que estaba comiendo. No podía acertar el sabor que tenía. «Es un sándwich abstracto -le dije-, que contiene esa parte del sueño o de la fantasía que te permite imaginarte o decidir sobre qué es, o de qué esta hecho, o cuál es su sabor». Me miró en una sonrisa esbelta, llenado el vaso con hielo y con el Sprite, y me susurro: «Oye, muchacho, si puedes trame ahora un sándwich de realidad, aunque sea inventada. Ya me nutro a diario de demasiada fantasía».

No volví a ver a DFW nunca más. Pero supe de él por sus libros, que fui leyendo tan pronto conocía que salían a la venta. Y ahora, al leer una vez más su último libro, inacabado por su violenta y autoinfringida muerte, pienso en aquella conversación, y en como me engañó: en su vida había excesivo peso de la realidad. Tanto como para terminar aplastado por ella.

lunes, 30 de julio de 2012

Pixies 33 ⅓: olas de mutilación



¿Qué cojones ha pasado aquí?


El 17 de abril de 1989 sale a la luz Doolittle, el tercer disco de Pixies, y funde los plomos del planeta música para traer una nueva luz de penumbra y distorsión una vez que se le vuelve a dar al interruptor. ¿Quién es el que enciende y apaga la luz? El principal causante es Charles Thompson, más conocido por sus alter-ego Black Francis o Frank Black, que ha vuelto a amartillar el percutor de sus seis cuerdas para disparar al aire las imágenes simbolistas y surrealistas de sus canciones, acompañado en la trastienda de su carnicería sonora por Joe Santiago, Kim Deal y David Lovering. 

Cabalgamos el pánico en la noche de los sonidos del disco mientras la aguja atraviesa el pellejo del vinilo para entrar directa en la vena de la melodía, de la distorsión, del encogimiento acústico, de las palabras escritas con cal viva sobre los sentimientos. La sangre golpea fuerte en el interior del cuerpo. Lo recorre con violencia inusitada, con la prisa de apretar contra la espalda de la realidad cotidiana una nueva realidad. Tal vez una profecía. Quizá el caos o el apocalipsis. Oímos el disco y nuestra realidad hace aguas. Tememos hundirnos y achicamos con ambas manos la embarcación donde derivan nuestras calamidades para tratar de sacarlas a flote y ponerlas a secar al sol. Una vez secas serán menos calamitosas –pensamos-. Incluso puedan metamorfosearse en fortunas y bienestares. Quién sabe. La voz me habla de abusadores, de denigradores, de mujeres dominadas o violentadas, de alimento para vampiros, de escenas bíblicas, de sexo, de olas de mutilación… Esto es rock. Tú y yo lo sabemos. Y seguro que no somos los únicos en conocer que este disco es de lo mejor que se ha hecho en los últimos tiempos, que ha dejado huella y que ha marcado el rastro a otros muchos artistas; los influenciados y los imitadores.


Hasta nuestro pueblo, El Laberinto Visceral, ha llegado ahora un libro que habla de este disco. Lo hace un tal Ben Sisario, un periodista curtido en diversas batallas en prestigiosas revistas musicales, que en esta ocasión aprovechó un viaje por Oregón con Thompson para preguntarle sobre el qué, el por qué y el cómo. Y hace este librillo curioso y encantador: Doolittle.

A la canalla le gusta la colección donde se edita. 33. Pocos títulos de momento, pero los publicados no tienen desperdicio. Exile On Main Street. Highway 61 Revisited. Discos míticos que nunca dejarán de estar presentes, porque están dentro de esa otra dimensión sonora que seguirá durante millones de ciclos girando en nuestras mentes y en nuestros oídos por siempre jamás.

¡¡ La Canalla queremos más!!