jueves, 27 de septiembre de 2012

UN VIAJE A TU INTERIOR (VI)


Barcos hundidos en las manos
de arrecifes de colérica impronta
donde el mar relaja su bravura, navego
en un viaje a Tu interior,
sal de piel de luna, sol empapado en negro
     de una noche tan oscura 
                     como el abismo que nos separa.

Llevo mi calavera envuelta en un trapo
empapado en gasolina que quemar,
los ojos torcidos, la palabra guardada 
en los bolsillos vacíos,
tu cabellera envuelta en papel de fumar
junto a un ripio
que nos servirá de epitafio.

Navego un mar de lodos de cuerpos muertos,
de hojas caídas en tu otoño,
en la lentitud de días sin viento en la popa
y sin canciones y sin ron
y sin estrellas y sin puertos.

Navego, con el olor a mar en las manos
que encallan en los recuerdos
estancados del ánima en su último aliento
hecho vaho en un beso glacial.

 Si observo la estela de la nave
es porque presiento que no habrá tierra firme
al final de este viaje, a tu interior o a la Nada.

De mi Poemario "Almagonía" / 12 Poemas Malditos y Un Viaje a Tu interior (parte VI)



sábado, 22 de septiembre de 2012

18 WHISKYS



Vago por las laderas del infortunio despistado en mi ruina, con la nuca derretida en soledades, con un pez espada muerto que atraviesa mis pulmones a cada paso que doy. 


Vivo en la teclas negras del piano del mundo, con manos sin dedos me arrastro por melodías de notas inarmónicas y disonantes, en lágrimas de alcohol que se evaporan antes de llegar a mi sed, sin mirar atrás en el rastro del camino las pisadas de sangre hundidas en tu nieve, porque aún sigo buscando algo en ti; busco la trufa negra escarbando con mi hocico en tu tierra hasta llegar a tus raíces, donde se ramifican y se bifurcan en ese lugar tan incierto como la línea que separa el Cielo y el Infierno.

Floto en lo más gelatinoso de la pulpa de una luna cálida y ácida, en los oleajes del whisky en los bares, en las luces que la ciudad enciende y expande en borroso en haces informes de irisaciones de luz imantada por el metal de la noche, buscando un epitafio que alumbre la sepultura de mis lamentos.

Decaigo en el óxido de la madrugada, cuando los ojos buscan cerrarse ante el alcohol que ruge en las venas camino del hospicio de la nostalgia.

He tomado 18 whiskys y creo que es un buen récord, dijo Dylan Thomas como última frase antes de morir.

Y, entonces, pienso que ya no hay más que decir.




[Extraído de mi poemario El Silencio del Hombre Rana]




Hombre Ojo 18 Whiskys [José G. Cordonié]

miércoles, 19 de septiembre de 2012

UN SIGLO Y MEDIO DE PATADAS EN LOS HUEVOS


Buen tiempo.
Esto es una absurda crueldad. O una broma macabra.

Me resulta curioso que en la tablilla del plan de vuelo del Enola Gay remarcaran en el centro de la pizarra, en letra bastante más grande que el resto de las palabras escritas, que el tiempo climatológico en el vuelo había sido bueno.

Al observar esa pizarra, como una radiografía unidimensional de la infamia y de la crueldad, la vista llega directamente hasta ese “Good”, como si fuera algo más importante de reseñar que la propia misión, el lanzamiento de la primera bomba atómica, o el lugar elegido para el impacto: Hiroshima.

Me cuesta, en ocasiones, entender a los hombres. Más aún a los belicosos. ¿Cómo es posible que ante una brutalidad tal como lanzar una bomba atómica contra una población, alguien tuviera la entereza, o incluso el humor, de ponerle un nombre a la bomba y, más aún, utilizando el sarcasmo y la ironía? ¿Acaso ponerle un nombre a la bomba, y sobre todo uno como Little Boy (o lo que es lo mismo, Chiquillo), no obedece a una ferocidad absoluta y macabra?

Imaginad por un momento a un asesino cargando las seis balas de su revólver y bautizando a los proyectiles, con los que tiene la seguridad de que va a matar, con nombres como Princesita, Chiquitita, Cuchi-cuchi, o qué sé yo. ¿No nos parecería, todavía, más enfermo? Porque matar es una brutal barbaridad, pero lo es mucho más haciéndolo con sorna y burla.

El Coronel Paul Tibbets era el piloto y responsable de la infame misión, quien decidió llamar al bombardero B-29 con el que lanzaría a Little Boy con el nombre de su amada madre: Enola Gay. Imagino al hijoputa abriendo la compuerta para liberar la bomba y gritando una especie de dedicatoria, algo así como: “¡Mamá, esto va por ti!”

Ahora, quiero imaginar a la orgullosa madre hablando por teléfono con sus amigas, o mejor alrededor de una mesa tomando con ellas el té. No, no, me quedo con la conversación telefónica: “¿Has visto lo de mi hijo, Helen? ¡Qué cariñoso y qué atento es! Me ha dedicado algo que no se olvidará nunca y que quedará para siempre en los libros de Historia: 120.000 muertos, casi medio millón de heridos y daños biológicos y anatómicos para cientos y cientos de años más. ¿No te mueres de envidia?”
Lástima que ese hombre, Tibbets, y el propio presidente Truman, que fue quien ordenó el lanzamiento, no hubieran vivido en tiempos de paz. Porque si es cierta aquella frase de Nietzsche que dice que “en tiempos de paz el hombre belicoso se abalanza contra sí mismo”, les hubiera tocado, probablemente, causarse daño a sí mismos.

Por si acaso pudiera valer, les dejo a ellos in memoriam 120.000 gritos, medio millón de alaridos, mil millones de maldiciones y un siglo y medio de patadas en los huevos. Eso sí, con buen tiempo.

viernes, 14 de septiembre de 2012

¿Y QUÉ? SON LOS POETAS MALDITOS



Alguien dijo una vez: «La vida es un trozo de lujuria mordida por locos incautos». Yo no sé si lujuria, salacidad o simplemente deseo, que no es más que aquello que ansiamos a pesar de no saber realmente qué nos puede llegar con su sabor. Al menos, si llegamos a reconocer qué parte de ese extraño elemento, al que denominamos Vida (sí, en mayúscula), es al que le hincamos el diente.

Pero yo no sé nada de esto, ni siquiera llego a comprender el verdadero significado que debe tener esa frase. Sólo llego a una breve reflexión, quizá sin sentido alguno, en la dirección desrumbada de que si debemos alimentarnos de ese pedazo de lujuria, o lo que sea para cada cual, debemos parecer muchos de nosotros desdentados, famélicos, apáticos y desmemoriados. Pero si acepto esa parte de la frase inicial, me veo obligado a admitir también la segunda. Me refiero a aquella que habla de locos incautos. Y dando una vuelta a la frase, y nunca como un juego de palabras, sino tratando de extraer alguna razón de su significado,  debo pensar en que tal vez sólo los locos incautos sean capaces de morder una vida que toman como un trozo de lujuria.

No busco más significados. No quiero ni puedo desvelar el significado que, seguramente, lleve oculto.

Prefiero directamente ir al autor de dicha frase, al eterno olvidado Pascal Laumbert, poeta y narrador frustrado, mendigo de imprentas y folletines donde trataba de conseguir alguna impresión de baratillo de sus esqueléticas y, sin embargo, grandiosas obras. Hambriento soñador de fantasías trazadas en papel, rebajadas o amplificadas por el hachís y la absenta que aumentaban las sensaciones de los anocheceres. Odiado por sus amigos, quizá porque supieran que su mente selecta les pudiera borrar de un plumazo sus grandes logros literarios, aun editados por imprentas de segunda; amado por advenedizos y aventureros que quisieron ver en él un evidente signo del triunfo del caos sobre una mente lúcida y certera. Entre sus amigos, aquellos que le odiaban, se encontraban «les assassins», la mayor miseria hecha grandeza en palabras, el símbolo exprimido hasta la sensación de emocionar. Ellos eran esa rareza insólita formada en el eco de un disparo en un grupo heterogéneo, el verso encontrado para expandirlo hasta hacerlo infinito, la tumba abierta e iluminada del sentido unívoco de la Poesía. Ellos eran, entre otros, los que fueron llamados los Poetas Malditos, a saber: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L'Isle-Adam. Y fue el propio Verlaine, el mismo que se decidió a escribir ese ensayo bajo ese nombre de Los Poetas Malditos con el que más tarde serían reconocidos, el que tuvo en sus manos los manuscritos de Laumbert y el que decidió rechazarlos por la razón única y simple de la envidia y el temor. Se dice que incluso lloró de emoción al leer aquellos poemas escritos por el puño y letra de Laumbert.

Pascal Laumbert fue y es un gran olvidado. Un Poeta Maldito y Genial, un verdadero «assassin» que decidió dispararse en la sien ante una vida que le mordía a él hasta desangrarlo. ¿Loco incauto?
Os dejo uno de sus poemas, para que al menos desde esta otra realidad, La Canalla pueda recordarle aunque sea sólo por un instante. Sólo un instante, el mismo tiempo que tardó la bala en llegar a su cabeza mientras miraba su último suspiro reflejado en un espejo.
Laumbert, in memoriam.

                 INVIERNO EN TI SE HACE ECO
Era el oscuro y triste invierno del olvido,
era el más oscuro rincón del frío invierno,
era el más triste olvido de la memoria,
era la sensación de saber amarte,
sólo si fuera lejos
del pensamiento,
      de la vista,
               de los sentidos.

Era la necesidad de tenerte cerca,
de ansiar tu aliento, de conocer tu eco,
de escuchar tu alma, inquieta, turbia,
desabrochando poco a poco tus silencios,
sola en la tranquilidad,
  en la calma quieta,        
en el crepúsculo
           de los últimos días.

Era el oscuro y triste infierno del olvido,
era el más oscuro rincón del frío infierno,
era el más triste día de tu memoria,
era la sensación de saberte ida ...

sábado, 1 de septiembre de 2012

CHARLES BUKOWSKI: LA RABIA ENCERRADA Y LA ETÍLICA UNDERGROUND


Quizá, tal como rueda el mundo en estos días, demasiadas cosas nos llenen de rabia. Pero aun así el mundo sigue girando, aunque lo haga sobre un eje herrumbroso que se ha ido pudriendo con el óxido de los días, con la furia y la desgana, con la temperancia ocre de la ruindad de algunos de nuestros semejantes, con la insolencia de un fingido bienestar de una sociedad aquejada por la esquizofrenia fuliginosa del capitalismo. Charles Bukowski ya nos habló de algo de esto en su poema Consideramos (o quizá debería decir reflexión): «Estas y otras cosas demuestran que la vida gira sobre un eje podrido». Al releer este poema del viejo Hank, me ha impactado lo terriblemente actual que es. Esto me ha llevado a pensar por un momento que el Viejo Indecente era un puto visionario o, bien, que las cosas siguen igual de mal desde hace ya mucho tiempo. Y que nada parece que vaya a hacerlas cambiar.

Sea como sea, Bukowski es atemporal. Esto es; que ha estado siempre ahí y continuará en aeternum. Sus libros, aunque muchos de ellos lleven decenas de años escritos, siguen siendo disparos certeros a la carnaza de la sociedad de hoy en día. La etílica underground que destila su literatura sigue siendo un alimento diario para llenar el buche de los sentimientos más puros, de las rebeldías y de las insurrecciones, sobretodo de aquellas que se encuentran en cada uno y que necesitan algún zarandeo periódico para que no caigan en letargo.
La revolución empieza por uno mismo, y las palabras de Bukowski son una arenga que nos mantiene despierto y que no nos permite olvidar lo que somos; que no es más que un incierto abismo entre donde estamos y donde desearíamos estar. Pero aun así, sea cual sea el lugar donde estemos, no escapamos de este mundo que gira sobre un chirriante eje podrido, que olvidamos de engrasar y que terminará por griparse.

… bares canallas en calles de penumbra, putas melancólicas de aliento a nostalgia, caballos de carreras tomando la última curva, faros de coches iluminando la noche, flexos que proyectan en la mesa la sombra obtusa de una botella de vino mediada, el olor del sexo extendido en el tacto de los dedos, peleas de borrachos en la tenebrosidad de un parking, ambiciones quemadas en la incertidumbre más incierta, camas de pensión barata abiertas a suspiros efímeros, sábanas de raso tendidas en noches de desperdicios, vómitos de angustia, sórdidas pisadas en la puerta de atrás del cielo, la lectura de John Fante en un sillón de cuero gastado, recuerdos enlatados y melancolías en conserva, aullidos desgarradores de la aletargada sociedad, el nacimiento del dólar en la palma de una mano, el misticismo de un cigarrillo colgando en los labios, Gustav Mahler ardiente e inflamado en una radio barata, reflexiones profundas ante seis latas de cerveza vacías, la rabia encerrada en un frasco de pastillas…

BUKOWSKI ES quizá parte de esto, y sobretodo EL GRAN POETA AMERICANO. La mano que desgarra la puta realidad hasta hacerla sangrar, ES.