lunes, 29 de julio de 2013

manifiesto del metaverso en mi inconsciente



Metaverso:

Un verso es una soledad callada,
una imagen revelada en lo más blanco del papel
donde arden las palabras hasta desvanecerse
en lo más involuntario de mi alma.

Un poema es la escena de un crimen
donde quedan cercados los restos de un pensamiento 
que, sin duda, fue más amplio, más certero, más callado.

... la sombra en tiza de la silueta de una luz del inconsciente 
que queda marcada en la página.

Metaverso:

Un verso es un minuto canalla
que llega atropellado en más de cien imágenes 
concentradas en cada palabra,

un placer envenenado,
la condensación deshilvanada de sentimientos, 
pensamientos y recuerdos en el malabar sentido de la voz 
dictada por lo más abstracto de la mente excitada.

Un poema es una mano que tapa la sombra
que entra por la ventana de las emociones,

es la penumbra y la soledad
en la transpiración de los sueños inquietos. 

Metaverso: 

Un verso es sólo un momento.
Un momento vivido por quien lo escribe, 
por quien lo inventa. Sólo un momento.
Nada más que un momento.

El Inconsciente manifestó:

Me siento cualquier cosa menos poeta.




De mi poemario "Poemas de Luz Eléctrica"
Dibujo: José G. Cordonié

miércoles, 24 de julio de 2013

ATLAS ILUSTRADO DE SENTIMIENTOS Y EMOCIONES

He trazado sobre tu blanca espalda
los senderos de un mapa de emociones
donde extender  mi vida hasta la muerte.

¡Qué parecido es al cielo estrellado
en las noches en que inmortal me siento!

Es como beber luz de las estrellas
en un cielo que se toca con las manos.

Vías impresas en el firmamento
que exploramos con los ojos cerrados
y con los cinco sentidos abiertos.

Caminos espirales recorridos
por el tacto lúbrico de los dedos
enredados en pasión inhumana.

La vida entera reunida en un beso.
Un beso que reúne el significado
de haber estado aquí y haber vivido.

Ese beso quedará en el recuerdo,
incluso cuando la memoria cese.




De mi poemario "La Lencería Erótica del Cosmos"
Fotografía e ilustración: José G. Cordonié

miércoles, 17 de julio de 2013

EL ANIMAL DE LA NOCHE

Tengo la noche concentrada en mí,
un claroscuro dentro de los ojos
cuando espían en silencio tus gestos.

Somos rumiantes de un amor antiguo,

que sacamos jugo en cada bocado
y masticamos hasta el infinito.


Me bebo la noche de un solo trago
—la noche negra de cristal de estrellas—
y dejo al olfato campar espontáneo
para que traiga a la mente el recuerdo.


Aunque no hay forma de no recordarte
cuando percibo el tacto de tu cuerpo
creciendo en sombra sobre la pared
y transformando en materia mis sueños.


Sé que soy el animal de la noche.
Tú la luna llena hacia donde aúllo
cuando siento la fuerza de la vida.


A veces pienso, cuando te beso,
que trazo tu sonrisa con mi boca,
y que más que abrir los sueños, los creo.






De mi poemario inédito "La Lencería Erótica del Cosmos" (Endecasílabos)
Fotografía: José G. Cordonié

domingo, 14 de julio de 2013

LA VERDE DONCELLA

 - Eres un mierda. Y lo sabes.
Martínez salió de su casa sintiéndose un fracasado. Salió dando un portazo que retumbó en todo la casa. Nada más cerrar la puerta de aquel modo se arrepintió de ello. Incluso antes de que la puerta golpeara violentamente en el marco. Pensó en volver a entrar en su casa y pedir perdón, pero tras sopesarlo durante unos segundos decidió no hacerlo. Acababa de tener una discusión con su mujer, Julieta, en el desayuno, justo antes de que sus dos hijos, de seis y cuatro años, se despertaran para ir al colegio, y nadie sabía mejor que él, que el ambiente en ese momento no era el propicio para entrar y pedir perdón. Si lo hacía, estaba seguro de que se reanudaría la pelea y eso era lo último que deseaba. Tampoco que sus hijos pudieran ser testigos de la discusión. Cruzó el jardín hasta la puerta del garaje pensando en cómo se había iniciado la disputa. La verdad es que no conseguía recordar cómo había empezado todo. Recordaba cosas sueltas; que se habían echado cosas en cara el uno al otro, que habían sacado todos los trapos sucios sin ningún sentido; y recordaba también algunos de los insultos que se habían dicho. Aunque lo que mejor recordó fue la última frase de ella, como una sentencia: “Eres un mierda. Y lo sabes”.
Quizá la bronca, como tantas otras veces, había empezado porque se había puesto mucha mantequilla en la tostada, o porque se había echado mucho azúcar en el café, y Julieta llevaba meses tratando de que bajara esa incipiente barriguita que se le estaba formando. O quizá no había sido por eso, sino que por cualquier otra cosa. No conseguía recordar exactamente el inicio de la discusión, pero tenía la seguridad de que aquella bronca había empezado por una absoluta tontería. Una nimiedad. Una ridiculez que había servido de detonante para enfrascarse en aquella absurda pelea en la que él había quedado prácticamente callado.
Al abrir la puerta del coche notó enseguida un olor rancio y desagradable. Tras echar un vistazo en el interior, encontró en el asiento trasero, junto a las sillitas de seguridad de los niños, restos de sándwiches, trozos de galletas y fruta mordisqueada. Arrancó el coche y abrió la ventanilla. Pensó en el café que se había dejado a medio beber en la cocina, interrumpido por la riña, y sintió la necesidad de tomar un buen café caliente antes de comenzar la jornada. Decidió que  pararía en el Café de Los Juan antes de entrar en la oficina y que aprovecharía el momento para echarle una ojeada tranquilo al periódico. Incluso pensó en llevar después del trabajo el coche a lavar, aunque al rato de estar conduciendo se olvidó completamente de ello. Encendió la radio y buscó en el dial un canal de noticias. Giró varias veces la ruedecilla de la emisora hasta lograr sintonizar una cadena local, donde escuchó el resumen final de las noticias. Sólo los titulares. No pudo escuchar mucho, pero se hizo una ligera idea de los principales sucesos y eventos del día. Le gustaba estar informado, y además era el tipo de persona que creía que debía estarlo, que era parte de su trabajo. Volvió a girar la rueda del dial hasta encontrar una emisora de música. Sonó una canción que, aún sin conocer su nombre ni el intérprete, la reconoció inmediatamente. Reconoció la melodía y trató de seguirla con un tímido tarareo, pero fue consciente que nada más empezar perdió totalmente el tono y el compás. Le extrañó que en la radio pudiese sonar una canción como aquella, pero más le sorprendió que recordase esa cancioncilla tan machacona e increíblemente mala que su mujer escuchaba en casa a todas horas.
El Café de Los Juan estaba repleto de gente, como siempre. La barra estaba completamente llena de platos y tazas de café, formando hasta tres o cuatro filas. Martínez saludó a varios de los habituales del local que, al igual que él, tomaban un café rápido antes de entrar en la oficina, y pidió un café cortado con leche fría y un donut y se abrió un pequeño hueco en una esquina de la barra. Se acomodó y pidió el periódico. No tardó más de diez minutos en echarle un vistazo. Nada nuevo, pensó, ninguna noticia destacable; crecimiento del paro, una cumbre política en alguna ciudad europea, jaleo en la franja de Gaza, corrupción política, prevaricación… Miró el reloj del bar, colgado en la pared, y miró su reloj de pulsera. Había una diferencia de poco más de un minuto entre los dos relojes. Iban a dar las nueve. Terminó el café y pidió un vaso de agua, a la vez que dejaba sobre la barra metálica los dos euros del desayuno incluyendo unos céntimos de propina para el bote. Dijo adiós con un gesto de la cabeza y salió a la calle. Volvió a entrar en el coche y recorrió las dos calles que le separaban de la Jefatura de Policía. Al entrar, los policías de guardia le saludaron con respeto mientras franqueaba la barrera de entrada en el aparcamiento del edificio. Dejó el coche aparcado bajo una pequeña cubierta de uralita, que daba sombra a medio coche, justo hasta la mitad del techo, y sacó su vieja cartera de cuero del maletero.
En la entrada del edificio de la Jefatura había cuatro o cinco personas, todas vestidas de paisano, que charlaban y fumaban en la explanada junto a la puerta de entrada. Martínez se ajustó la corbata y se abrochó el botón superior de su americana de pata de gallo de color gris, y subió enérgicamente los tres escalones que le llevaban a la puerta principal de entrada diciendo un sonoro “buenos días”, que fue respondido con diferentes gestos de cabeza por parte de aquellos empleados que imaginó que serían del cuerpo administrativo de la Jefatura. No conocía a ninguna de aquellas personas, pero pensó que quizá ellos sí le conocieran a él. Llevaba más de nueve años en aquella delegación de policía y no conocía a casi nadie fuera de su propio equipo de trabajo. Eran ya casi diez años los que llevaba en aquella oficina, haciendo todos los días el mismo camino desde su casa, la misma rutina día tras día, y quizá por primera vez pensó que ya estaba harto de aquello. Tal vez no fuera más que una historia vulgar de una monotonía, como la de casi todo el mundo, pero en ese momento sintió como si cada uno de sus pasos y acciones de a diario, desde que sonaba el despertador y hasta que en la noche volvía a la cama, fueran marcados por un metrónomo que señalara idéntico ritmo, sin variar apenas un ápice de un día a otro. En ese momento recordó la disputa con su mujer, y casi se alegró de que esa nota discordante hubiera puesto algo diferenciador a aquella mañana con las anteriores. Aunque lamentablemente también aquellas trifulcas eran bastante habituales. Su trabajo era monótono, y quizá fuera eso lo que imprimiera monotonía a la totalidad de su vida. En aquella Jefatura nunca ocurría nada, salvo casos leves de hurto y algún que otro jaleo en el fin de semana derivado por las borracheras de los jóvenes. Recordó sus sueños cuando decidió ingresar en la Policía, y cuando más tarde fue ascendido y llegó a la posición de inspector. Se había imaginado ese mundo como el de las películas americanas, con días llenos de acción y profundas investigaciones de extraños y misteriosos casos de asesinato. Alguna vez se vio, en su imaginación, como un sagaz inspector descifrando enigmáticos casos, deteniendo a los más inteligentes y refinados ladrones de guante blanco, encarcelando a los más maquiavélicos y maliciosos asesinos en serie, que ponían en jaque a toda la población. Pero nada de eso ocurría allí. Su trabajo era realmente rutinario y se limitaba prácticamente a permanecer sentado en su despacho, firmar diversos documentos y repartir decenas de casos insignificantes a los diferentes agentes adscritos a su grupo de trabajo. Quizá fue debido a esto que recordó, cuando pensó en todo eso, la absurda pelea de la mañana con su mujer como algo casi positivo, incluso agradable. Ahora en su cabeza le parecía una niñería, una gilipollez, nada más que eso. Una riña sin importancia que seguramente hubieran olvidado cuando se encontraran otra vez en la tarde, cuando volviera a casa. Ese momento en el desayuno, cuando se echó el azúcar en el café y luego untó abundante mantequilla sobre la tostada y la recubrió con mermelada de arándonos y su mujer le reprendió, ahora lo recordaba como un acto de cariño. Llegó a la conclusión de que Julieta le quería y que se preocupaba por él, y se convenció de que él la amaba también a ella, incluso con locura. Tal vez ese tipo de momentos, aunque resultaran de inicio desagradables, fueran los que pusieran pimienta a su relación. Y de ser así, su relación sería, sin duda alguna, altamente picante.
Martínez se quedó un momento parado en la puerta de madera y cristal de su despacho, pensativo, y determinó antes de entrar, que aquella noche le  susurraría a su mujer al oído lo mucho que la amaba y que después harían el amor con pasión y frenesí hasta llegar juntos a la locura, como antes. Incluso llegó a pensar en comprar flores mientras atravesaba por fin la puerta de su despacho y se sentaba en la silla frente al ordenador y a un montón de papeles incoherentemente ordenados.
Cuando Azucena, su secretaria, irrumpió en el despacho golpeando suavemente el marco de la puerta con los nudillos, volvió de su ensimismamiento. Saludó a la secretaria, una mujer regordeta de mediana edad que vestía un traje chaqueta gris de corte clásico, mientras ésta dejaba encima de la mesa un taco de documentos amarrados por una goma elástica con un post-it amarillo en el que se indicaba: “Firma urgente”, y recibió a cambio una sonrisa de cortesía de la mujer, que le dijo en baja voz, casi en un susurro, a modo de confidencia:
- El jefe ha muerto.
Martínez no dijo nada. Se quedó callado y pensativo viendo cómo Azucena salía del despacho moviéndose estentóreamente y entornaba la puerta. Él sabía lo que aquello significaba; podría tratarse de la oportunidad definitiva de ser ascendido a comisario de una vez por todas. Él sabía que las veces anteriores, en los últimos dos o tres años, había estado a punto de conseguirlo en más de una ocasión, y sintió la corazonada de que esta vez sí lo lograría. Esbozó una muy ligera sonrisa, tratando de disimular su inmensa alegría a pesar de encontrarse solo en el despacho, y se estiró con ambas manos la piel de la cara y se echó el pelo hacia atrás. Inmediatamente después, con una cierta intranquilidad que le llamó a sí mismo la atención, cogió el teléfono y marcó el número de su casa.
Oyó como descolgaban el teléfono con el sistema de manos libres y escuchó de fondo música a un volumen bastante alto. La música que sonaba era la misma cancioncilla que había escuchado en la radio, por lo que, durante un instante, pensó en la casualidad de que se tratara exactamente de la misma canción. Seguidamente escuchó la voz de Julieta en un grito: «Diga, ¿quién es?».
 - Cariño, soy yo.
-  Ah, eres tú. ¿Qué quieres? ¿Pasa algo?
- El jefe ha muerto.
Julieta se quedó en silencio durante unos segundos, como si se hubiera quedado paralizada al recibir la información susurrada por su marido. Ella también  sabía perfectamente que aquello significaba la gran oportunidad que llevaban tiempo esperando. A continuación, abriendo la boca en una enorme sonrisa, expresó:
 - Es maravilloso, cariño. ¡Qué alegría! Estoy segura de que esta vez el puesto será para ti. Te lo mereces tanto…
- No nos precipitemos, Julieta. No me gustaría que nos hagamos de momento muchas ilusiones.
- El puesto es tuyo, cariño. Sin duda te lo mereces más que nadie. Eres tan listo y tan trabajador…
-  Bueno, a ver qué pasa. Sabes que no me gusta adelantar acontecimientos.
-   Piensa que eres un ganador. Y lo sabes.
Cuando colgaron el teléfono, Martínez se reclinó en el respaldo de la silla y entrelazó los dedos de sus manos tras la nuca, estirándose de nuevo. Soñó con el nuevo puesto, con grandes investigaciones y con resoluciones de casos del todo imposibles. Se imaginó a sí mismo como ese sagaz detective que siempre había deseado ser, desde niño. Luego pensó en su mujer, en las ganas que tenía de verla, en las flores que le compraría de camino a casa, mientras que a su mente le llegaba otra vez el soniquete de aquella horrible canción que se le había pegado sin querer. Tomó una manzana verde que tenía brillando sobre la mesa y le dio un buen bocado. Masticó despacio imaginando la nueva vida que ahora se abría ante él y pensó también en la dulzura y en la pasión que seguramente desatarían esa noche en la cama. Y en un momento plácido de ensueño como ese, Martínez se atragantó con la carne de la manzana y volvió bruscamente a la realidad. Un pedazo de la manzana se le había ido por el otro lado y durante unos segundos pensó que se quedaba sin aire, que no podía respirar. Trató de tranquilizarse y se reclinó en su asiento, tomando aire poco a poco hasta convencerse de que se encontraba bien, de que finalmente nada había pasado, sólo el susto. Simplemente se había tragado una o dos semillas de aquella manzana verde, que miró y tiró a la papelera a medio comer.
            


Días después, al sonar el despertador, el inspector Martínez se levantó sintiendo un gran dolor de cabeza. Caminó a tientas hasta la cocina y, tras dejar correr un poco el agua del grifo, se tomó un analgésico. Pensó que posiblemente la causa de ese dolor agudo viniera dada por la tensión que estaba sosteniendo en las últimas semanas. Desde que el jefe había muerto, se había declarado silenciosamente una lucha abierta de poder entre los aspirantes a ocupar el puesto vacante de comisario.
El dolor de cabeza le precipitaba, aún sin desearlo, a un pesimismo sobre la decisión que en el día de hoy tomaría el Consejo sobre quién sería el sustituto del fallecido Comisario Perales. En tanto se duchaba, mientras dejaba que el agua tibia cayera sobre su cuerpo enjabonado, pensó en cómo debía de actuar si no era él la persona finalmente elegida. Principalmente le preocupaba acertar con el tipo de rostro que debería tratar de encajar para acudir a felicitar a su adversario vencedor sin que se le notara mucho la decepción y la carita de llorar. En caso de que él fuera el seleccionado, simplemente daría unas palabras de agradecimiento a sus compañeros, tratando de parecer espontáneo a pesar de tener escrito el discurso desde hacía al menos una semana y de haberlo repasado en secreto varias veces al día desde entonces. Al frotar el champú en su pelo, notó unas extrañas protuberancias que le brotaban de distintas partes de la cabeza, como si fuera una anómala erupción que le hubiera salido encima del cuero cabelludo. Lo primero que hizo al salir de la ducha fue mirarse en el espejo. Efectivamente se trataba de unos pequeñísimos forúnculos rematados en una especie de grano de color verdoso que emergían por toda la extensión de su cabeza, entre el pelo. Ya que el inspector Martínez es un hombre poco dado a la alarma y a perder los nervios, con un gesto de extrañeza volvió a mirarse en detalle en el espejo y, sin más, regresó a su dormitorio donde se vistió pensando que posiblemente se tratara de una erupción causada por algún alimento que le hubiera sentado mal.
De camino a la jefatura, con la ventanilla del coche abierta para airear el desagradable olor a podredumbre de los restos de alimentos esparcidos por el asiento trasero, Martínez siguió ensayando su discurso de agradecimiento («Estimados compañeros y sin embargo amigos, como bien sabéis son ya muchos los años que llevo dedicando el esfuerzo diario, con una motivación máxima, continuada y renacida, a esta noble profesión que nos une y que no es otra que la de salvaguardar con honor y justicia a nuestra queridísima patria y a nuestra tan noble sociedad…»), mientras le llegaba al pensamiento, sin poder evitarlo, la imagen del rostro cambiante de Julieta, que pasaba de la alegría más impetuosa al enfado más terrible a su regreso a casa. Martínez sabía perfectamente que fuera la que fuese la decisión que se tomara finalmente en la Jefatura, cambiaría de forma contundente la conducta de su esposa. («… tal vez no sea yo la persona más merecedora de ocupar esta relevante posición, a pesar de los muchos méritos con los que se me ha distinguido desde el inicio de mi dedicación a esta tan insigne tarea, aunque prometo aplicar el mayor fervor, saber y esfuerzo en mi humilde desempeño para dignificar, como antes lo hicieran mis egregios predecesores, el excelso cargo que se me otorga…»), En el supuesto de que no fuera el elegido, conocería una vez más la cólera vehemente de aquella mujer que, sin embargo, sería el ángel más dulce y cariñoso en el caso de que se diera la circunstancia de su ascenso. En ese caso, tenía la seguridad de que Julieta, tras abrazos y besos alborotados, empezaría de manera inmediata con las llamadas a las amigas, a los conocidos, a los familiares y los vecinos, para contarles —magnificando al máximo el hecho— el nuevo estatus que alcanzaban de manera tan merecida. Y diría que haberlo conseguido no era sólo gracias a la brillantísima mente y preclaro trabajo de su marido, sino también al apoyo y empuje que ella le había dispensado, ya que esto, en muchas ocasiones, resultaba más importante incluso que lo primero.
En el retrovisor pudo advertir como los extraños forúnculos verdosos habían ido creciendo hasta cobrar un tamaño considerable, de tal manera que se podían ver a simple vista sobresaliendo por encima de su pelo castaño y ralo. Al detener el vehículo en el semáforo en rojo, se acercó hasta el espejo y observó con horror cómo prorrumpían de cada uno de los granos una especie de brotes verdes, similares a los vástagos que surgen en las yemas de un árbol, ramificándose y llenándole por entero la cabeza. De hecho, al tacto, mostraban una textura y una flexibilidad muy similares a esas ramitas que nacen en primavera. A pesar de que el inspector Martínez es un hombre sumamente tranquilo y casi inmutable ante cualquier eventualidad por insólita que parezca, y que justamente esto le pareciera de siempre una de sus principales virtudes y, sobretodo, un excepcional valor en su profesión, entró en un palmario estado de pánico.
Decidió que esa no era manera de acudir a la jefatura. No podía llegar con esas ramas enmarañadas coronando su cabeza y en constante y rápido crecimiento. Sin duda alguna, una cuestión de este tipo podría ser malinterpretada por sus superiores y terminar siendo un motivo de mofa que le llevara a ser rechazada una vez más su solvente candidatura al puesto de comisario. Se miró nuevamente en el espejo retrovisor del coche y se pareció así mismo ridículo. Parecía que fuera disfrazado, parecía una maceta o, mejor dicho, una interpretación sui generis de un soldado vestido de camuflaje. Más bien creyó parecerse a un payaso patético y sin gracia. Martínez estaba aterrorizado viendo su cabeza convertida en una medusa insólita que alargaba cada vez más sus verdes extremidades enramándose y convirtiéndose en algo parecido a la copa de un árbol. Y así, con la sombra del terror oscureciendo su gesto ante el espejo de su coche, tomó la firme decisión de acudir urgentemente al médico antes de presentarse en Jefatura. Si el doctor Mugrón le atendía pronto, tendría tiempo más que suficiente para llegar al trabajo antes del acto de presentación donde se revelaría el nombre elegido para ocupar la ansiada vacante de comisario.
 - Curioso –dijo el doctor Mugrón tras inspeccionar con detalle los extraños tallos repletos de hojitas verdes que salían de la cabeza de Martínez-. Estoy casi seguro de que se trata de Malus pumila.
- ¿Eso qué significa?
-  Pues significa que le ha crecido un árbol en la cabeza. Exactamente un manzano de la variedad conocida como verde doncella. Si se fija usted bien, incluso está empezando a dar sus primeros frutos.
- ¿Y cómo es esto?
 -  Se trata de un fruto que podríamos denominar de tamaño mediano, más ancho que alto, de forma elíptica e irregular, con la piel  cerosa y acharolada y sonrosada, que tiene una carne muy jugosa y dulce de color blanco verdosa.
-  Me refiero a cómo es posible que me haya crecido un manzano en la cabeza.
-  Ni idea. Eso yo no lo sé, pero no sería el primer caso que llega a mis oídos.
-  ¿Y qué se puede hacer?
-  No es un buen momento para la poda. Tendremos que esperar al invierno. La época ideal sería en diciembre o en enero.
-  ¿Pero que está usted diciendo?
-  Desde luego yo no lo aconsejo antes. Y sepa usted que sé perfectamente lo que digo. Soy un gran aficionado a la botánica y tengo en el jardín de mi casa un invernadero de plantas exóticas, además de un pequeño huerto y varias docenas de árboles frutales.

Aún incluso siendo Martínez un hombre plácido y templado, dado a la calma descansada y a la serenidad, en esta ocasión, al oír las palabras del médico, perdió los nervios y entró en un estado de shock agudo que le llevó a la hiperventilación y a la pérdida casi total de la consciencia. Tumbado en la camilla, con las ramas del manzano pobladas de grandes hojas de verde fresco colgando hacia el suelo, sintió cómo el mundo se le venía encima mientras en su mente se proyectaba el rostro desencajado de su mujer gritándole con una furia bravía como nunca antes jamás había visto. Se imaginó al llegar a casa con el manzano en su cabeza y sin haber conseguido el puesto de comisario y le entró pavor. ¿Cómo podría explicarle aquello a su mujer? ¿Cómo podría ella interpretarlo?
Regresó al coche tras dejar la consulta del doctor Mugrón una vez que éste le había suministrado unos tranquilizantes que le habían permitido recuperar el pulso, el ritmo cardíaco y la nitidez en la visión. Le costó trabajo acomodarse en el asiento con aquellas ramas que salían de su cabeza mostrando unas pequeñas manzanas brotando por todas partes. Vio que en el teléfono móvil tenía siete llamadas perdidas de la oficina y un mensaje en el buzón de voz donde pudo escuchar la voz preocupada de Azucena, su secretaria, informándole que todos estaban muy intrigados por su falta de comparecencia en un día tan importante, donde él era uno de los indiscutibles protagonistas. Tras sopesar qué hacer durante unos minutos, arrancó el motor y se dirigió a la jefatura.
 El acto de comunicación del nombramiento del nuevo Comisario ya había comenzado. Martínez atravesó cabizbajo el pasillo apartando las hojas de su manzano para que le permitieran ver las baldosas del suelo por las que avanzaba hacia el salón de actos. Se oía la voz del Comisario en Jefe propagada por el altavoz, pomposa y angulosa, con un toque de reverberación, hablando de manera solemne sobre las nobles virtudes que debe poseer de manera innata un Comisario, sobre la relevancia del cargo del que en breves instantes revelaría el nombre del elegido a ocuparlo. Escuchó, antes de entrar en la sala, cómo el Comisario en Jefe alababa la labor de todos y de cada uno de los inspectores que, de una manera u otra, habían sido propuestos como aspirantes al puesto y lo ardua y difícil que había resultado la decisión final, y entonces Martínez abrió la puerta y entró. Se creó un murmullo en el silencio una vez que todas las miradas se dirigieron hacia él. Incluso el Comisario en Jefe detuvo su discurso sin poderse creer aquello que estaba viendo. Después exclamó: «Coño, Martínez, ¿a qué viene este Carnaval?»

La vuelta a casa fue de una tristeza amplia y terrible. Y dado que Martínez es un hombre pacífico y calmoso, se retrajo en el silencio abismal de su coche mientras atravesaba la ciudad rumbo a su domicilio con la mente revuelta por las palabras de discurso de agradecimiento del inspector Salcillo, cuando fue nombrado Comisario ante sus propios ojos en aquella sala repleta de compañeros, y también por la rabia acumulada en su interior. Después pensó en su mujer, en cómo le daría la noticia y en lo que pensaría al verle entrar en casa con esa facha. Estaba seguro de que, cuando llegara, no le esperaría nada bueno. De eso no le cabía la menor duda. No obstante, y ya que Martínez siempre ha sido considerado un hombre práctico, pragmático y funcional, dedicó el tiempo restante del trayecto a pensar en cómo debería cuidar su manzano, en si sería necesario algún tipo de abono o de pesticida, y se lamentó de no haberle preguntado convenientemente al doctor sobre estos aspectos. Y aunque sabía que aún quedaba mucho tiempo para el invierno, presentía que el tiempo de las tormentas estaba a punto de llegar.  



Ilustración: José G. Cordonié

jueves, 11 de julio de 2013

domingo, 7 de julio de 2013

LA VACA

Una vez vi una vaca volar. Aunque realmente no volaba, levitaba; se elevaba en el espacio y se situaba sobre nuestras cabezas mirándonos desde allí arriba con los ojos entornados, sin comprender qué extraña razón rompía con las leyes físicas de la naturaleza y le hacía olvidar la fuerza de la gravedad. 

Aquella vaca pesaba más de quinientos kilos, pero mientras permanecía suspendida en el aire, flotando como un globo inflado de helio, parecía realmente tan ligera que cualquiera de nosotros podríamos pensar que con la fuerza de uno solo de nuestros brazos podríamos levantar en vilo al animal, como si estuviera relleno de aire o de felpa, pero luego, una vez de vuelta a la tierra, recobraba de inmediato su pesadez, como si se llenara por dentro de repente con su media tonelada de carne, huesos y músculos, y ya nadie fuera capaz de moverla de su sitio.

Después de varios días de discusiones y reflexiones, se llegó a la conclusión de que aquella vaca era santa y que, por eso mismo, por ser santa, levitaba. Aunque nadie comprendiera la razón última de aquella santidad, tras verla levitar y levantar así sus cuatro patas del suelo, se decidió que sin duda alguna aquella vaca era santa, y que esa era la innegable sustancia de su elevación en el aire sobre los hombres y sobre cualquier otro animal. 

En aquellos días mucho se habló de cómo era posible que una simple vaca pudiera llegar a un estado espiritual de tanta perfección, pureza y gracia que le llevaran a ese éxtasis místico de ascensión sobre la materialidad y contra todo principio de la naturaleza, y pronto algunos pronunciaron en defensa de la virtud del animal palabras eufóricas sobre la austeridad, la carencia de pecado y el sacrificio, mezclando en sus discursos aspectos relacionados con el ascetismo, el misticismo e incluso la fe y la ejemplaridad. Y aunque la confusión reinó tiránicamente en nuestro pueblo durante aquellos días, hubo un signo inequívoco sobre lo sobrenatural de los acontecimientos, y fue que, cuando uno elevaba su vista hacia el cielo, se encontraba a aquella vaca blanca y negra, de nombre Graciela, suspendida entre las nubes, como si placiera a sus anchas en un prado invisible reservado únicamente para ella, y del que más tarde regresaba como si nada hubiera pasado. Pero sin duda alguna algo sí que había pasado, y ese algo revolucionó y transformó la apacible y tranquila vida de nuestro pueblo, y no sólo por el desconcierto causado por el extraño fenómeno de levitación de la vaca, sino también porque a partir de aquel día Graciela no volvió a dar leche, sino unos excepcionales e insólitos jugos que quien los probaba aseguraba exquisitos, y en los que más tarde se descubrieron propiedades curativas. 

Desde entonces, todas las mañanas se formaban unas largas colas frente al establo de la vaca con la intención de catar el néctar divino y sagrado que salía de sus santas ubres, y el eco de los acontecimientos fue extendiéndose de un pueblo tras otro, de tal manera que en pocas semanas no quedaban en la región ciegos, cojos, mudos ni enfermos de ningún tipo que no hubieran sanado milagrosamente al probar el apreciado elixir. Las enfermedades, fueran del tipo que fueran, se extinguieron de esta manera de nuestros pueblos, dejando paso a una oscura locura cargada de confusión que llegó a ser una enfermedad peor para el alma que para el cuerpo pudiera ser cualquiera de las otras enfermedades.

Pero los acontecimientos que sobrevinieron a partir de aquellos días pueden resultar extraños y más aún, si cabe, si no se conoce el lugar donde ocurrieron estos hechos. 

Luañas es un pequeño pueblo asentado en la falda de una montaña que lo eleva y lo inclina hacia un mar bravo donde se recorta afilada la costa como una navaja mellada y oxidada, dejando acantilados de sensación de vacío donde el peligro se conoce al bordearlo por tierra o al navegar la violencia de sus aguas. Tras esas aguas, la vista no alcanza a contemplar nada más, como si fuera el mar lo que nos separase del infinito. Un mar salvaje e indómito, que aunque en ocasiones nos quite la vida, es quien nos da el pan, porque Luañas es ante todo un pueblo marinero, donde en sus muelles la vida se concentra, saliendo y entrando, al igual que esas barcas que faenan en sus fauces. Un pueblo humilde y sencillo que nada sabe de levitaciones ni de milagros, y que cualquier hecho extravagante que pudiera haber ocurrido anteriormente no va más allá de las lindes de la taberna o de los amoríos bravos y cornúpetas en las sombras húmedas de alguna casa vecinal. Por ello, cuando Graciela se elevó en los aires y el veterinario dijo desconocer la causa, sólo don Fernando, el párroco del pueblo, argumentó sobre las posibles razones de aquel suceso con aquellas otras historias similares que pudiera conocer a través de las vidas de los santos, dejando el poso de la santidad en las mentes limitadas de las buenas gentes del lugar como única ocurrencia con sentido que pudiera justificar la chocante circunstancia de que una vaca volara sobre sus cabezas. Y ante el revuelo causado por sus palabras y el temor de la blasfemia, el párroco se decidió presto a escribir al Papa de Roma para que éste decidiera sobre la naturaleza de la conducta de la vaca y que así, en caso de resolverse por la calidad de santa, Graciela pudiera ser honrada y venerada como tal en los altares.

Lo que hasta aquí he expuesto no es más que el comienzo de una historia que no, por extraña e insólita que pueda parecer, deja de ser un relato real sobre cómo la vida de un pueblo cambia de la noche a la mañana, porque cuando surge un fenómeno extraño, excepcional e incomprensible, nuestras pequeñas mentes mortales sufren un choque entre el sentido común y los hechos reales conturbativos que no alcanzamos a comprender  por la generalización de nuestras ideas hechas y costumbres adquiridas en nuestra anodina vida cotidiana, y esos hechos nos cambian también a nosotros y nos llevan en ocasiones a obrar de un modo que jamás pudiéramos haber imaginado como actos propios. De hecho, en Luañas, la incomprensión de la levitación de la vaca obligó a sus vecinos, quizá impulsados por los aires romántico-místicos levantados por don Fernando con sus teorías, a tomar una postura espiritual y religiosa, atribuyendo a Dios la naturaleza del fenómeno al no encontrar ninguna respuesta racional a lo ocurrido. Pero no todos, no, se decidieron por este camino, sino que hubo otras tendencias diferentes que fueron enervando la calma del pueblo hasta llegar incluso a sustituir en la discusión la palabra por los palos y las piedras, y convertir así al hermano en enemigo acérrimo y las calles del pueblo en trincheras y en pequeños campos de batalla improvisados.

Y a la misma vez que pasaron los días envueltos en la confusión y en el desconcierto, el fanatismo y la intolerancia se fueron añadiendo también dentro del campo de cultivo del desorden que desembocó al cabo de pocas semanas en una guerra civil en toda regla dentro de la región. Posiblemente, dentro del caos y el desgobierno que nos reinaron en aquellos días, hubo tres puntos fundamentales que dieron medida a la tragedia que se fraguaba: la división de los parroquianos en bandos rivales, la entrega de armas a las gentes combativas y el racionamiento de los alimentos. 

Por una parte estaban los que se denominaron a sí mismos como Los Beatarios, aquellos que estaban dispuestos a dar la vida y el alma en defensa de la santidad de la vaca y que solicitaban a gritos por las calles del pueblo que colgaran en el altar mayor la fotografía de Graciela; y por otra parte, a los que éstos llamaron Los Insurrectos, quienes negaban en rotundo cualquier espiritualidad en la elevación del animal y que, más bien, pensaban que no era más que un montaje del cura y del alcalde para atraer el turismo a la región.

La carta llegó al Papa al mismo tiempo que las alarmantes noticias sobre las revueltas armadas en Luañas, donde la guerra por la santidad de la vaca se había cobrado ya más de quince víctimas y varias decenas de heridos. Habían transcurrido así más de tres semanas de encarnizada lucha, donde habían sucedido las más salvajes atrocidades que la mente humana pueda llegar a pergeñar en los momentos más elevados de ira y de rabia: asaltos a sangre y fuego a las sedes de los bandos, violaciones y asesinatos, raptos y mutilaciones, envenenamiento de alimentos y bombardeos indiscriminados, creando una atmósfera de terror y de espanto hasta en el más pequeño rincón del que había sido hasta entonces un tranquilo y apacible pueblo que apenas se podía encontrar en los mapas. Las autoridades civiles y eclesiásticas, a petición del propio Santo Padre, se reunieron con la intención de encontrar la mejor solución para sofocar la revuelta sin hacer mucho ruido, envueltos en el temor de que se pudiera propagar por toda España el brote de locura surgido en el pequeño pueblo pesquero. Desde el Vaticano se nombró una comisión para el estudio del fenómeno de levitación de la vaca, a cuya cabeza se envió a un obispo in pártibus infidélium acompañado de un Tercio de la Legión, incluyendo estandarte, cabra y bandera.

La comisión llegó al pueblo cuando los ánimos de la población estaban a punto de flaquear o de estallar en una mayor locura. Las calles estaban desiertas, las mujeres y los niños se ocultaban en las grutas naturales de la playa, los hombres armados se parapetaban en las trincheras o se escondían en los sótanos y en las azoteas, y los hombres de paz rezaban y cantaban salmos en la iglesia guiados por la voz pomposa de don Fernando. En ese silencio de temor y recelo la comitiva fue adentrándose por las calles del pueblo; los legionarios con los fusiles cargados y el obispo con el hisopo y el agua bendita en las manos. Poco a poco fueron saliendo de sus casas y escondrijos las gentes del pueblo, quizá movidos por la curiosidad de contemplar al extraño ejército de soldados, sacerdotes y monaguillos que tomaban las calles en el nombre de Dios y del sentido común. A partir de ese momento las cosas transcurrieron muy rápido: el afectivo y sentido discurso del obispo llamando a las gentes de Luañas a la paz y a la fraternidad, la misa solemne en la playa, el reparto de chuscos de pan y de chocolatinas, y sobre todo la inspección de la vaca por parte de los estudiosos de la comitiva.


Transcurrieron cerca de dos horas de silencio y nerviosismo en espera de que el animal levitara, pero aquel día parecía que Graciela había decidido no moverse del sitio. Ante la negativa del animal a despegar las pezuñas del suelo, decidieron bautizarla por inmersión en el océano por si aquello de la santidad no fuera una tontería, y allí, ante la mirada atenta de todo el pueblo, zambulleron a la vaca en el mar y la cristianizaron con el nombre de Graciela María. Y fue justo en el momento de recibir el sacramento del bautismo, cuando la vaca se elevó en el aire ante el asombro de los presentes, subiendo tan alto en el azul del cielo que, cuando habían pasado apenas un par de minutos, no era más que un pequeño punto blanco apenas visible en el aire, más pequeño aún que las estrellas más pequeñas que se ven en la noche. Y allí, más cerca de Dios que cualquiera de nosotros, y por un fenómeno semejante al fuego de San Telmo, la vaca se iluminó ante nuestros ojos, pareciendo durante unos segundos una estrella fugaz, hasta que desapareció para siempre perdiéndose en el infinito. 

Y en ese mismo instante, en el momento en que la vaca se perdía para siempre de nuestra vida, se perdió también su recuerdo de nuestra memoria colectiva, como si desde entonces, y sin mencionarlo siquiera, se hubiera pactado una conjura de silencio sobre los hechos que aquí habían acontecido en las últimas semanas, volviendo a los pocos minutos a ser Luañas el pueblo tranquilo que siempre había sido, sin quedar huella alguna de Graciela María, la vaca que habíamos visto volar.  


De mi libro de relatos inédito "Las Malas Acciones" (1995) 
Ilustración: José G. Cordonié

viernes, 5 de julio de 2013

SÍSIFO

El alquimista perdió la memoria, y las Musas, como ángeles comediantes de alas de plástico y resina, interpretaron entonces la nueva receta para convertir la piedra en oro.
Fue cuando comenzó la pantomima en nuestras calles. Cuando los Poderosos buscaron el oro mientras el pan de los hombres se hacía de piedra.
El hambre siguió su rumbo negro desde el día hacia la noche, sin detenerse ni siquiera un paso, esquivando al horizonte en la colina recortada de las esperanzas, donde Sísifo empujaba la piedra que rodaba otra vez hacia abajo, en ese oscuro castigo tan certeramente representado en los frescos de Lesche de los Knidios en Delfos.
“Buscar esa oscura piedra y convertirla en oro –alguno de ellos dijo-, quiero ver el sacrificio y el esfuerzo por el pecado y el castigo”. Y siguió en un lamento que se fue haciendo grito: “Pero esto es sólo una piedra. Sólo una piedra. Y yo quiero oro, quiero brillo en esta escena, como fue en los pinceles de Polignoto. En el purpúreo amanecer quiero que esa piedra sea oro y su sombra en la ladera sea oro, cuando ruede que cada giro sea oro, y así alumbre los avernos en donde se estancan nuestros tesoros”.
La realidad nos aplasta con su pulgar de acero.
Los anhelos se cuelgan del cuello hasta perder el último aliento de la ofuscación que los arrastra.
Los Poderosos sostienen la sonrisa aun colgada en la cara, observando el renacimiento del papel-moneda montados a los hombros del diablo.
Ellos nos sirvieron la ironía y la crueldad como castigo, hicieron sus juegos malabares con el orden social, económico y político hasta dejarlo caer al suelo. Quizá por su torpeza. Quizá por la avaricia de ir añadiendo más piezas a su juego.
Tal vez esperaron un aplauso y les llegó el silencio de nuestros gritos, mientras seguimos cargando a la espalda la piedra de nuestros sueños, que tiene el peso de un Universo invertido,  que rompe en dos nuestra espalda, como la de Sísifo, cada vez que la plúmbea piedra rueda de nuevo hasta el fuego del abismo, a las calderas encendidas de la injusticia, a las llamas eternas de la codicia, donde se cocinan sus voluntades.
Quizá, en ese fuego que encendieron, veamos sus músculos derretirse como el plástico, y sus manos, y su rostro y sus arrepentimientos, cuando sólo quede oro de la piedra que han pulido hasta hacerla oro, justo antes de llegar a la cima del mundo.
Cuando el oro no valga ni su peso en inmundicia.
Cuando el mundo no sea más que el antagonista de nuestros deseos.


Camus me habló de los hombres, y de Sísifo, en el oído, antes de ellos entraran en mis noches para reinventar las pesadillas.


Dibujo: José G. Cordonié

RECUERDA LA NOCHE Y EL TIEMPO

Recuerda
que de la revolución hablamos en los bares,
en la copa tras otra copa,
con el verbo onírico del universo conjugado en futuro,
con el sabor de la virginidad de la vida en la piel de los labios,
con la tinta salvaje de la inquietud en una cuartilla arrugada.

Recuerda
la metamorfosis de los días en los sueños,
en la noche tras otra noche,
con las quimeras encendidas con el fósforo de la inocencia,
con el tacto del universo concentrado en la punta de la lengua,
con las letanías escritas en confusión en un cuaderno de bitácora.

Recuerda
cuando comprendimos que éramos mortales,
en la realidad tras otra realidad,
con la franqueza de la vida abierta sobre la piedra de las calles,
con la vista en contrapicado de la ciudad por donde caminamos,
con los versos escritos con tiza donde los ideales se desaguan.

Recuerda
que el mismo tiempo que nos ha hecho cobardes,
nos dará el coraje para atravesar las sombras,
tras las que la luz se extiende.





De mi poemario inédito "Poemas de Luz Eléctrica".
Foto: Autorretrato / José G. Cordonié