miércoles, 23 de abril de 2014

PURA VIDA (Breve reflexión tras leer Días de Ruta de Vicente Muñoz)

Días de Ruta.

Abro este libro, entro en sus páginas y la vida se bifurca en dos caminos.

Se desdobla en rutina y ensoñación a través de etapas remarcadas con las estaciones. Las temporadas comerciales y las del descanso laboral, que llega como un tiempo ansiado de liberación donde llevar al papel la voz guardada del poeta.

Noto el peso de las maletas de las muestras de zapatos de pie izquierdo, palpo la bruma del polvo del camino, la fonética grafía de los neumáticos en el asfalto, la perturbación de la niebla en la mañana, o de la lluvia o de la luminosidad del sol, y percibo la humilde penumbra de la habitación de los hoteles, donde me enfrento al cansancio en cada uno de mis músculos. Y también siento el ánimo de vivir, el deseo de exprimir cada segundo del tiempo amargo y hacerlo dulce, el respeto a la profesión de los antepasados, el amor a la verdadera profesión, la de escribir. 

Y sigo avanzando por la cordura sutil de las palabras, por el día a día, por la tempestad de la rutina con el aliento caliginoso de la crisis en la nuca, en el avance de los días donde los mapas de ruta se despliegan con la brújula apuntando hacia el faro de las ensoñaciones. Tengo los sueños despojados de la piel, hambrientos de ser cumplidos, y la revolución de los instintos me indica que el amor es una palabra que parece insuficiente para trazar su significado de un bocado. Poemas que me llenan de sal y azúcar la piel de los labios y que al llegar a la boca parece que mastico la espuma de las palabras…

Siento Pura Vida al leer estos poemas.

Puta catarsis.

Pura vida.

Como un proyeccionista de la vida, de la universalidad del instinto, de la raza de la palabra domada hasta hacerla más salvaje, Vicente Muñoz nos enseña la vida en este libro, a pelo, sin máscaras y sin ambages. Es una literatura hecha vuelta y vuelta, dejando el jugo inmenso del sentimiento para ser devorado por el lector voraz.

Poeta inmenso. Una vez más. Poeta extraordinario.

Lo dicho y lo insinuado mezclados en un vaso que se bebe en la noche: todo es vida. El universo de Vicente Muñoz, grandioso, abreviado en un puñado de páginas que se abren en reflexiones humanas, muy humanas, al cerrar el libro.

Y además, una magnífica portada de Julia D. Velázquez y una impecable edición de Lupercalia.

Sigo el camino… página a página… La Ruta de los Días… Un camino trazado en las venas abiertas de la vida.


Pura vida, hermano!



Título: Días de ruta
Autor: Vicente Muñoz Álvarez
Editorial: Lupercalia
Género: Poesía
Número de páginas: 179
Fecha de publicación: Marzo de 2014
ISBN: 978-84-941639-5-1

domingo, 13 de abril de 2014

Blues del Minotauro en el centro del Laberinto

Hoy he decidido arrancar las malas hierbas de mi corazón y fumarlas bien liadas con las buenas esperanzas que aún me restan. Aspirar su humo hasta henchir mis pulmones para sentir su helado fuego como la sombra de una cicatriz que nunca termina por cerrar.

El Blues de Los Ruin suena en la vieja gramola de la Ciudad-Estado. Un disco antiguo de pizarra que vuelve hoy a sonar y me quiere hacer creer que es un nuevo sonido de vanguardia. El hilo de un sonido que intenta atrapar los sentimientos hasta deshilacharlos. La voz graveaguda de la infamia recita perversamente los más dignos sueños del hombre apacible y esparce la ténebre sombra del silencio sobre ellos, sobre la Esperanza y el Bienestar.

¡Qué poder tiene la palabra y qué poca escusa la revienta!

Atravesamos a tientas el Laberinto creyendo que aún hay una salida. 
Nuestro miedo lo proyecta la sombra del Minotauro en el centro del Laberinto. 
Afila sus cuernos de alabastro contra la pared de nuestros pesares. 
Saca punta hasta dejarlos como cuchillos incisivos capaces de atravesar sin apenas esfuerzo la membrana de la Razón.

¡Qué fácil de atravesar es la piel del inocente que apenas le queda sangre en las venas!

Los demonios de la Razón se comieron nuestras entrañas.
Los demonios de la Razón comieron de nuestras entrañas
y alimentaron al Minotauro
mientras en la ignorancia construíamos el Laberinto.

La salida es un ladrillo.
Es un ladrillo al aire.

La salida es un ladrillo.
No es más que un puto ladrillo;

la clave que lo derrumbará todo.


De mi poemario inédito Poemas de Luz Eléctrica.
Foto: José G. Cordonié (1984)

viernes, 4 de abril de 2014

Rock&Roll cobarde y a destiempo

Fue cuando la resaca se evaporaba rápidamente, no como ahora que sus vapores se agrietan y se agarran a las paredes de mi cráneo como átomos de hastío, indivisibles e indestructibles, que no desaparecen nunca, sino que anidan entre los huecos de oscuridad dejados por mis neuronas muertas.
Fue cuando tu boca sabía a blues y yo presentía que tú eras Dios.
Fue cuando el Sr. Eurodólar entró en la ciudad con la amplia sonrisa abierta de la Gran Mentira y extendió sus miasmas y sus virus.
Fue cuando la máquina de dinero inventó el papel moneda y acuñó sueños de barro en pequeñas chapas de metal, grabando en su cara la Codicia y en su envés la Sinrazón.
Fue cuando el diablo rehusó comprar más almas, al saber que no eran más que plástico biodegradable.
Fue cuando supimos que nuestros sueños eran confusos porque siempre despertábamos donde nunca se podrían desarrollar.
La ciudad se alzaba orgullosa al cielo
en grúas de metal
para crear una nueva sensación de horizonte,
y en las calles se hacinaban ladrillos
         y hormigón y cemento armado y brillante latón
para cercarnos en su corazón de neones y fluorescentes luces
que nos cegaban los ojos llenos de pan.
 [las sonrisas colgaban ignorantes de las caras
ante un bienestar sintético que se adquiría a golpe de datáfono,
en gramos de dicha para inyectar en el tálamo de la avaricia]

Fue cuando comenzó la construcción del laberinto.
Fue cuando las barras de los bares dejaron de ser trincheras.
Fue cuando paseábamos las calles deshilachadas de la noche
sin percibir que no había salida.
Sin poder imaginar que el eco de nuestros pasos jamás cruzaría la barrera del sonido, ni que tras el muro —imposible de franquear— aún se extendían los campos de algodón hasta mezclarse en la pupila con la gasa del vapor de nostalgia de las nubes.


De mi poemario: Poemas de Luz Eléctrica
Dibujo: José G. Cordonié