lunes, 29 de diciembre de 2014

EL DISPARO (Vinalia Trippers)

Diez segundos…  Bill no me quita un puto ojo de encima y sé que quiere matarme. Es un gran hijo de perra al que poco le importa nada ya. El puto cabrón no pestañea. Me mira fijamente a los ojos y no los desvía ni un segundo, ni siquiera cuando se antepone ante nosotros el humo del cigarrillo mal liado que le cuelga de sus labios rotos. Entre él y yo no hay nada más que cuatro cadáveres reventados por el suelo en un enorme charco de sangre y tripas. El olor que me llega no es el de la sangre, sino que es el propio olor a muerte. Y Bill no me quita un puto ojo de encima y sabe que quiero matarle.

… seis…  Frente a mis ojos se despliega la puesta de sol. Parece que hubiera llamas corriendo la línea del prado del horizonte, que está ardiendo como los iris del puto Bill, ese canalla malnacido que me mira con una mezcla de ira y de desprecio. Yo sé que fue él quien mutiló salvajemente a aquella sucia ramera en la habitación del motel después de haberla sometido a todo tipo de vejaciones, y que después dejó pedazos de carne de esa chiquilla esparcidos por todo el maldito cuarto. Yo no vi la escena, pero aseguran que el trozo más grande que se encontró no era mayor que una manzana. Quiso hacer creer que los causantes fueron los jodidos pieles rojas, pero yo bien conozco como ellos matan y sé que no tienen esa puta maldad y crueldad. Ni el incendio del coño lascivo de su madre clavado en la mirada, como lo tiene él. Y Bill me mira sin quitarme el ojo de encima, y aunque su gesto es el más duro que puede poner un auténtico hijo de puta, sé que también tiene miedo, aunque ahora trate de espantarlo frente a mis ojos, con la puesta de sol a su espalda.

… cuatro segundos…  Tengo el sol de frente cayendo y noto cómo la sangre en las venas se acelera y corre a la misma velocidad de vértigo que bombea mi corazón. Sus dedos están temblando a escasos centímetros de su revólver y desde aquí huelo su miedo. Y el mío. La tensión se puede masticar, como si fuese un infierno sólido. Es como la puta tensión que se genera al conducir un carro cargado de nitroglicerina. Te da miedo hasta escupir una bocanada de tabaco de mascar. Los brazos te arden de sujetar las riendas con fuerza, y hasta los dedos se quedan agarrotados. Bill y yo atravesamos las cincuenta millas que se extienden entre Drugsville y la mina de Dickstone y conozco esa tensión continuada, en la que la mente parece hervir por el miedo de saber que en cualquier momento puedes salir por los aires y que tu cuerpo quedará repartido en un radio de cinco millas a la redonda.

… tres…  Cuando llevas un cargamento de nitroglicerina, el camino tiene la incertidumbre de una mordedura de serpiente. Cada piedra que superas es un alivio, aunque nunca tienes la seguridad de que conseguirás llegar a tu destino. Quizá fue esa vez cuando sentimos la mayor amargura del sabor del miedo. Necesitamos mucho whisky, mucho peyote y muchas putas para quitarnos ese sabor. Estuvimos encerrados cinco días sin salir de aquella puta habitación maloliente en el cuchitril de Big Stevie. Doce botellas de licor, una caja de cigarros, medio kilo de opio, unas buenas dosis de peyote, y el servicio de ocho señoritas de compañía incrementaron el coste de la habitación hasta dejarnos apenas con un puñado de centavos en el bolsillo.

…dos segundos…  Una de esas chicas fue despedazada allí mismo por ese cabrón de Bill, que sabía bien cómo utilizar el machete. Su hoja entró y salió más de un centenar de veces de su cuerpo, como si se la follase con el cuchillo, y luego la despedazó como si fuera un puto animal hambriento. Poco dejó de sus restos. 

… uno…  Ahora estamos frente a frente y hemos olvidado por qué queríamos matarnos.


…cero…  Su revólver suena antes de que yo haya podido desenfundar. Veo la nube de pólvora y fuego que rodea su mano y cómo el mismo infierno se abre paso en mi estómago, tras golpearme con la furia de un caballo Mustang. Y caigo mientras escucho su risa… Y su puta risa que se apaga cuando le alcanza el plomo de mi disparo.




Dibujo: José G. Cordonié

Colaboración en Vibalia Trippers, nº 13, Duelo al Sol.

domingo, 21 de diciembre de 2014

EL AMOR ES UN REVÓLVER CARGADO POR EL DIABLO

Acaba de lanzarse mi nueva novela: "El amor es un revólver cargado por el diablo".
Ediciones Lupercalia.



"Imagina que entras en tu casa y te encuentras a tu mujer follando con un payaso. Aunque pienses que se trata de un hecho imprevisto, de algo que no esperas que pueda llegar a ocurrir nunca, en el fondo sabes que existe la probabilidad de que pueda llegar a pasar, como cualquier otra cosa en la vida. Así que imagínate por un momento esa escena, aunque nunca antes se te haya pasado por la cabeza. Digamos que se trata de una probabilidad entre millones de sucesos aleatorios que pueden sobrevenir, pero que de repente sucede, porque el azar, en ocasiones, se presenta de esta manera; de la forma más imprevista que uno ni siquiera es capaz de sospechar."

Dejo el enlace del Booktrailer:






miércoles, 10 de diciembre de 2014

FAST CARS

Tres mil revoluciones por minuto.

Mi vida en vena como un coche rápido
en carrera, sin tiempo y sin medida.
La velocidad parece ficción.

Seis mil revoluciones por minuto.

Recorriendo el vértigo de la vida
igual que un coche tomando una curva
cuando no se divisa el horizonte.

Diez mil revoluciones por minuto.

La mente ardiendo como un coche en llamas
en una carretera secundaria,
que no tiene principio ni final.

Cien mil revoluciones por minuto.

La vida circulando por mis venas
como un coche acelerando hasta el fondo

huyendo sin dirección y sin meta.

Dibujo: José G. Cordonié