domingo, 22 de marzo de 2015

FRAGMENTOS INACABADOS DE ENTREVISTAS INSÓLITAS

[Interior: Bar librería Vergüenza Ajena]
Entrevistador: R.R. Malandanza (El Puto Lisiado Magazine)
Marzo/2015/ 
Entrevista en relación con la publicación de "El amor es un revólver cargado por el diablo" 
(Ediciones Lupercalia).

RRM: ¿Qué piensas del Infierno?

JGC: Déjame que te cuente algo. Una vez, una mujer me dijo: «Puedes quemarte en el infierno, ¿sabes?» Eso me dijo una chica mirándome extrañada mientras me bebía mi cuarta o quinta cerveza de una tarde que habíamos estrenado hacía muy poco. Ahora no recuerdo por qué dijo aquello, pero sí recuerdo bien que esa fue la frase exacta que soltó. Aunque no recuerdo en absoluto de qué estábamos hablando, sentados en la escalinata de la iglesia de la calle Fuencarral esquina con Divino Pastor, tengo la seguridad de que en ningún momento se referiría a ningún rollo religioso, del tipo de “te vas a condenar en el infierno” o algo así.

Esto debió de ocurrir allá por el año 1984. Entonces, éramos jóvenes de almas blancas y de ropas negras, de botas sucias como la lengua; sucia de acariciar palabras indecorosas y de hurgar de cuando en cuando en busca del sabor del Cielo. Nuestra vida sucedía a ritmo de hardcore, la música batía cada uno de nuestros pasos, y en nuestras manos siempre caía algún vinilo, algún libro o algún cómic, que nos íbamos pasando los unos a los otros. La Cultura rulaba como los canutos o como los tragos de litrona en la calle Velarde, después de habernos despachado alguna copa de alcohol etílico mezclado con media coca-cola en el Kwai.

En esa época, Constante, el dueño del Kwai, me llamaba “El Loco”. A cada uno de nosotros —a los habituales— nos había puesto un mote, con el que nos anunciaba solemnemente con su voz ronca y a golpe de campana cuando entrábamos en el bar, avisando de esta manera a la peña, que se agolpaba en una esquina de la abarrotada barra, de la llegada de cada uno.

Aquella chica, que su nombre no recuerdo, nunca venía al Kwai. La solíamos encontrar más tarde, en la plaza del Dos de Mayo o en Velarde. Pero aquella tarde, se juntó con nosotros incluso antes de ir al Kwai, cuando empezamos la tarde con unas cervezas en la escalinata de aquella iglesia. Fue cuando dijo aquello: «Puedes quemarte en el infierno, ¿sabes?» Y yo le respondí, acabando antes de un trago largo lo que me quedaba de aquella botella ámbar: «Quizá el infierno sea un lugar más plácido que lo que puede resultar esta vida de aquí, y mucho más aún que el Cielo, a juzgar por las personas que intuyo que irán allí». Me miró aún más sorprendida, abriendo los ojos como si fueran dos enormes ventanales que dieran al mar, y con un gesto que, en ese momento, me pareció de desprecio, afirmó: «Pues yo iré al Cielo, sin duda, porque el Cielo, sea como sea, debe ser el mejor lugar imaginable» «¿Y cómo imaginas el Infierno?», volví a preguntarle. Y entonces ella respondió: «Pues algo ruidoso, achicharrante, lleno de gente gritando, con un estruendo de música y lleno de todo tipo de pecado». Y desde que aquella chica me dijera aquello, siempre pienso que el Infierno debe ser algo así, como era cualquier bareto de Malasaña por aquellas épocas de los ochenta cuando estaba bien entrada la noche.



Imagen: José G. Cordonié


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